¿Qué hay más potente y precioso en el Universo?

«Yo diría que quien actúa sin prestar atención a lo que hace está desperdiciando su vida. Me atrevería a decir que la vida misma es negada por la falta de atención, ya sea limpiando una ventana o escribiendo una obra maestra»- Nadia Boulanger *

¿Conoce «Bésame mucho»? Claro que sí: es una de las canciones más famosas jamás escritas y, al parecer, la más grabada.
Y seguro que conoce al menos los primeros versos «Besame, besame mucho, como si fuera esta noche la ultima vez…» y, por lógica, la atmósfera de sensualidad y pasión a la que nos transportan de inmediato: ¿cómo haríamos el amor con alguien a quien queremos, sabiendo que podría ser la última vez?

Un aspecto interesante de esta canción -poco conocido, sin embargo- es que tanto la letra como la música fueron escritas en 1940 por Consuelo Velásquez, una joven mexicana que entonces aún no había cumplido los 16 años y que -según sus declaraciones- aún no había tenido la oportunidad de besar a alguien. Hablando del poder del arte y la imaginación….

En fin, creo que el tema que nos propone esta canción merece una discusión más profunda. Por supuesto, todos estamos de acuerdo en que cuando sabemos que una experiencia concreta se vuelve rara, limitada o incluso única, se convierte en algo especialmente precioso, que merece toda nuestra atención y que intentamos apreciar y saborear con toda la intensidad de la que somos capaces.

Y esto, no lo olvidemos, incluso cuando se trata de situaciones extremadamente triviales: si, por ejemplo, a causa de un accidente de coche te encuentras con las piernas escayoladas, ¿con qué nostalgia pensarías en los maravillosos tiempos en que podías moverte libremente? Y cuando por fin pudiera salir a dar un pequeño paseo tras meses de reclusión en cama, después de un difícil periodo de reeducación, ¿qué fantástico le parecería poder caminar de nuevo? ¿Cuánta alegría le proporcionaría esta experiencia? ¿Qué maravillosa te parecería la ciudad? ¿Cuánto placer sentiría en cada detalle?

Obviamente, todo esto se debe a un sencillo principio psicológico por el que nuestra mente tiene tendencia a no valorar especialmente lo que tenemos a mano, lo que nos parece «normal», lo que consideramos un «derecho», y a valorar en cambio lo que no tenemos o lo que parece difícil de obtener. Por eso, a menudo hace falta una pérdida -o la conciencia de una posible pérdida- para darnos cuenta de lo valiosas que son muchas cosas que damos por sentadas.

De hecho, en nuestra sociedad opulenta, vivimos una dramática paradoja: poseemos cada vez más objetos, tenemos cada vez más oportunidades pero, como nos parecen triviales y normales, ya no nos causan ningún placer.

Sólo dos, entre los infinitos ejemplos posibles:

-Cuando yo era niño, las fresas y las cerezas se comían en mayo, las uvas en septiembre, las naranjas en diciembre, etc.; y cuando mi padre traía a casa una fruta de principios de temporada, era una alegría para toda la familia; aún recuerdo con cuánto placer esperaba el primer bocado de una fresa en mayo. Ahora puedo entrar en un supermercado y comprar cualquier fruta en cualquier época del año. Claro, muy cómodo, pero… ¿dónde queda la alegría?

-hoy en día estamos rodeados de música en todas partes: en el teatro, en la discoteca, en el bar, por supuesto, pero también en las tiendas, en el metro, en casa… siempre hay algo puesto, una radio, un televisor, un equipo de música (a veces al mismo tiempo…), y si no está, pone el ipod con auriculares. No podemos concebir un mundo sin música. Sin embargo… hasta hace cien años, el mundo era silencioso. ¿Podemos concebirlo? Si alguien quería escuchar música, tenía que haber alguien que la pusiera. Los que no vivían en la ciudad podían pasar años sin oír más que algunas canciones populares y los cantos fúnebres de los domingos en la iglesia.

¿Nos podemos imaginar cómo habría sido escuchar una sinfonía o una ópera? ¿Qué experiencia tan fantástica y única, sabiendo además que ese momento -al ser imposible de grabar- se habría perdido para siempre y seguiría existiendo sólo en el recuerdo? ¿Con qué concentración habríamos escuchado cada nota?

Lo interesante de observar en este análisis es que lo que cambia no es la experiencia en sí, sea sexo, música, comida o lo que sea, sino nuestra percepción; esto significa que para tener una experiencia fantástica, llena de alegría y pasión, no hace falta en absoluto que ocurra nada en particular, sino sólo cambiar la forma en que consideramos la experiencia en sí: es decir, basta con que la deseemos, basta con ofrecer nuestra atención absoluta y total al momento presente.

Lo sé, vivimos en una sociedad en la que tenemos de todo y más, el teléfono suena a todas horas, infinidad de estímulos más o menos importantes luchan a diario por nuestra atención, anuncios de todo tipo nos gritan constantemente «¡Mírame!», «¡Escúchame!», y nuestra mente está constantemente ocupada en «otra cosa», y constantemente tenemos la sensación de que la felicidad está «en otra parte», lo que provoca un estado perpetuo de apatía y aburrimiento.

El teléfono móvil es el ejemplo perfecto de este desvío permanente de la atención, de dar más valor a un posible «algo más» que a la situación presente: ¿quién no ha salido alguna vez con amigos, sólo para descubrir que todos se pasan la tarde al teléfono hablando con «otra persona»?

Alguien ha escrito que el paraíso está aquí, en este momento, y que si no nos lo parece es porque nunca estamos realmente «Aquí, en este momento» (hinc et nunc, como decían los latinos), y sólo cuando las circunstancias lo exigen tomamos conciencia de lo precioso que es cada momento, cada experiencia que vivimos, y que descuidamos por nuestra falta de atención.

He escrito en otro lugar que cuando centramos nuestra atención en algo le damos poder, y que cuando ofrecemos a alguien nuestra atención elevamos su nivel de energía (de hecho, todo ritual mágico no es sino un método de centrar la atención), y precisamente porque eleva la energía y le da dirección la atención es la fuerza más poderosa del universo, de la que depende realmente la realidad tal y como la percibimos.

Así pues, la próxima vez que hagamos el amor, comamos algo, juguemos con el niño, veamos una película, escuchemos música, demos un paseo o simplemente «estemos», ¿por qué no intentamos hacerlo «como si fuera esta noche la última vez»?
Si lo hacemos, significa que hemos dado un paso más -esta vez importante- hacia la comprensión de la «magia».

Salud

Bruno

——–

* Aunque poco conocida por el gran público, Nadia Boulanger es una de las figuras más extraordinarias del siglo pasado.
Para los que quieran saber más: http://es.wikipedia.org/wiki/Nadia_Boulanger